Prédica cristiana escrita sobre cómo Dios prueba tu carácter a través de la ofensa, la injusticia, las oportunidades, la espera y la corrección.
Introducción
Cuando Dios saca al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto, les promete una tierra donde fluye la leche y la miel. Pero cuando estudiamos las Escrituras y vemos cómo se desenvuelve la historia, vemos que, después de sacarlos de Egipto con grandes milagros y prodigios, Dios los introduce en el desierto con un propósito.
«Y acordarte has de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, por probarte, para saber lo que estaba en tu corazón…» (Deuteronomio 8:2)
¿Cuál era el propósito de Dios con el desierto? Probarlos y mostrarles a ellos mismos lo que tenían en su corazón.
¿Ellos esperaban eso? Ellos esperaban la promesa cumplida. Esperaban y reclamaban lo que Dios les había prometido.
Y es que cuando nosotros nos tenemos que enfrentar, en nuestro diario vivir, a circunstancias que no son las que esperábamos, es allí cuando sale a flote lo que realmente está en nuestros corazones: cuando alguien te ofende, cuando alguien te traiciona, cuando alguien te critica, cuando alguien te ignora, cuando alguien te trata injustamente.
Lo que sale de ti revela lo que hay dentro de ti. Y muchas veces Dios permite esas situaciones para mostrarnos áreas que todavía necesitan ser rendidas a Cristo.
1. Dios prueba nuestro corazón para mostrarnos lo que hay dentro
«…por probarte, para saber lo que estaba en tu corazón…» (Deuteronomio 8:2)
Dios ya sabía lo que había en el corazón de Israel. La prueba no era para que Dios lo descubriera, sino para que ellos lo descubrieran, porque muchas veces pensamos:
- «Yo soy paciente.» Hasta que alguien nos hace esperar.
- «Yo soy humilde.» Hasta que alguien nos corrige.
- «Yo ya perdoné.» Hasta que vuelves a ver a esa persona.
- «Yo amo a todos.» Hasta que alguien te hiere.
Y entonces Dios permite ciertas circunstancias para revelarnos lo que todavía necesita ser transformado. Dios no nos muestra nuestro carácter para condenarnos, sino para cambiarnos.
El deseo de Dios es transformarnos, y una de las maneras que Dios tiene para hacerlo es por medio de su Palabra. ¿Usted quiere ser transformado o se quiere quedar como es? ¿Y cuánto lee la Palabra de Dios? ¿Será suficiente para cambiar?
Si usted quiere ver la transformación en un determinado músculo, como por ejemplo los abdominales, ¿haciendo 10 abdominales a la semana va a experimentar un cambio? Si leemos la Biblia, ¿cuánto la leemos y qué tanto la estamos aplicando? Si estudiamos la Palabra de Dios, nos daremos cuenta de que nos falta mucho por cambiar.
El ejemplo del rey David
En las Escrituras hay un buen ejemplo para el tema de hoy, y es el rey David. Algunos estudiosos de la Biblia dicen que David posiblemente fue ungido sobre los 15 años y que llegó al trono a los 30; vamos a suponer que sí, unos años más o unos años menos. David durante su niñez fue un pastor de ovejas; por algunos datos bíblicos podríamos decir que posiblemente fue rechazado por su familia.
Sobre los 15 años, el profeta más importante de Israel aparece en su casa para ungirlo como rey de todo Israel. Eso desata un cambio radical en su vida, pues en su corazón experimenta cómo Dios está con él. De allí en adelante se enfrentaba al oso o al león para salvar a sus ovejas, y luego se enfrentará al gigante más temido del momento.
Después ya sabemos cómo se desenvuelve la historia: el rey Saúl se da cuenta de que David es el ungido de Dios y dedica aproximadamente 10 años a perseguirlo para matarlo. En todo este lapso de tiempo David tiene una serie de comportamientos que me gustaría resaltar como puntos clave de esta enseñanza.
2. La ofensa
La ofensa es una de las pruebas más comunes y también una de las más difíciles para el creyente. Muchas veces viene de alguien cercano: un familiar, un amigo, un ser querido. Y es precisamente ahí donde Dios permite que salga a la luz lo que verdaderamente hay en nuestro corazón.
Porque cuando alguien nos ofende, nuestra naturaleza caída quiere defenderse. Quiere responder, devolver el golpe o guardar resentimiento. Sin embargo, el cristiano no ha sido llamado a reaccionar como la carne quiere, sino como Cristo.
Jesús fue rechazado, acusado falsamente, insultado y humillado. Sin embargo, nunca permitió que la ofensa gobernara su corazón.
«Quien cuando le maldecían, no retornaba maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino remitía la causa al que juzga justamente.» (1 Pedro 2:23)
La ofensa revela si Cristo está gobernando nuestro corazón o si todavía vivimos defendiendo nuestro orgullo. ¿Cómo reaccionas frente a la ofensa?
Claramente David fue ofendido muchas veces por el rey Saúl, pero David siempre respetó al rey Saúl, independientemente de si Saúl lo ofendía o no. Si te cuesta soltar una ofensa, puedes leer también aprender a perdonar.
3. La injusticia
La injusticia toca una de las áreas más sensibles del ser humano. Todos queremos que se haga justicia. Pero ¿qué ocurre cuando somos tratados injustamente?
David conoció muy bien esta prueba. Saúl lo persiguió durante años y, nosotros que conocemos todo el relato bíblico, sabemos que fue injustamente. Fue injusto que David tuviera que dejar a su familia, su pueblo y a todos los que él quería, huyendo para que no lo mataran. Fue injusto que tuviera que vivir huyendo, pasando necesidades, cuando Dios lo había ungido como rey de todo Israel.
Y aquí encontramos una gran lección. Muchas veces justificamos nuestras malas reacciones diciendo: «Es que me provocaron», «Es que me hablaron mal», «Es que fueron injustos conmigo». Pero la realidad es que la injusticia del otro nunca justifica mi falta de carácter.
Jesús fue la persona más injustamente tratada de toda la historia y aun así nunca devolvió mal ni se defendió en sus propias fuerzas. Muchas veces Dios va a permitir situaciones que a nuestro parecer van a ser muy injustas, pero Dios, que todo lo tiene bajo control, usa esas situaciones para mostrarnos lo que hay en nuestro corazón.
Si en tu trabajo hacen injusticia contigo, si en una relación o en tu familia son injustos contigo, no estás justificado a actuar como los deseos de tu carne te dicen. Aun en eso debemos rendir nuestro carácter a Cristo Jesús.
4. Las oportunidades que son pruebas
No todas las oportunidades son bendiciones; algunas oportunidades son pruebas. Hay momentos en los que aparece una situación aparentemente favorable y pensamos rápidamente: «Esto viene de Dios». Pero antes de celebrar debemos preguntarnos: ¿es una bendición o una prueba de mi integridad?
- Te encuentras una cartera llena de dinero.
- Te ingresan una cantidad por error.
- Aparece una oportunidad para sacar ventaja de una situación.
Nadie te está observando. Nadie lo sabrá. ¿Qué harás? La verdadera pregunta no es: ¿qué me conviene? La verdadera pregunta es: ¿qué haría Cristo?
«El que camina en integridad, anda confiado: mas el que pervierte sus caminos, será quebrantado.» (Proverbios 10:9)
5. La espera
Es fácil confiar cuando las respuestas llegan rápidamente. Es fácil creer cuando las puertas se abren. Es fácil tener fe cuando vemos resultados. Pero ¿qué ocurre cuando Dios nos hace esperar?
David fue ungido rey siendo muy joven. Sin embargo, pasaron años antes de que se sentara en el trono. Durante ese tiempo vivió persecuciones, dificultades y momentos de incertidumbre. ¿Por qué? Porque Dios estaba formando al hombre antes de entregarle la posición.
«Aguarda á Jehová; esfuérzate, y aliéntese tu corazón: sí, espera á Jehová.» (Salmos 27:14)
Muchas veces estamos enfocados en la promesa, pero Dios está enfocado en nuestro carácter. Porque una bendición entregada antes de tiempo puede convertirse en un problema. La espera revela nuestra paciencia, nuestra confianza, nuestra dependencia de Dios y nuestra capacidad de seguir obedeciendo cuando no entendemos. Sobre este tema puedes leer esperando una gran lluvia.
6. La corrección
Todos disfrutamos cuando nos animan, cuando nos reconocen, cuando nos felicitan. Pero cuando alguien nos corrige, aparece la verdadera condición de nuestro corazón.
David pecó gravemente delante de Dios. Entonces Dios envió al profeta Natán para confrontarlo. David tenía autoridad para ignorarlo, tenía poder para castigarlo, podría haber buscado argumentos para justificarse. Pero eligió humillarse.
«Entonces dijo David á Nathán: Pequé contra Jehová.» (2 Samuel 12:13)
No buscó excusas, no culpó a otros, no se ofendió. Reconoció su pecado.
Conclusión
Muchas veces estamos tan enfocados en cambiar nuestras circunstancias que olvidamos que Dios está usando esas circunstancias para cambiarnos a nosotros.
- Cuando llega una ofensa, solemos orar: «Señor, cambia a esa persona».
- Cuando llega una injusticia: «Señor, haz justicia».
- Cuando llega una espera: «Señor, abre la puerta ya».
- Cuando llega una corrección: «Señor, ya creía…».
Pero quizás la pregunta correcta no es: «Señor, ¿por qué me está pasando esto?», sino: «Señor, ¿qué quieres formar en mí a través de esto?»
Aplicación
El propósito de Dios es que Cristo sea formado en nosotros.
«Porque á los que antes conoció, también predestinó para que fuesen hechos conformes á la imagen de su Hijo…» (Romanos 8:29)
Ese es el objetivo: que cada día nos parezcamos más a Jesús.
- Que cuando llegue la ofensa respondamos como Jesús.
- Que cuando llegue la injusticia respondamos como Jesús.
- Que cuando aparezca una oportunidad para hacer lo incorrecto respondamos como Jesús.
- Que cuando tengamos que esperar respondamos como Jesús.
- Que cuando seamos corregidos respondamos como Jesús.
Si quieres seguir creciendo en este camino, puedes leer la madurez espiritual y encontrar más mensajes en prédicas para animar y fortalecer.
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